Eso que llaman convivir.

Antes de irme a convivir con Federico no recuerdo si tenía miedo o no, lo cierto es que si lo tenía, no hubiera sido extraño. Recibía muchas advertencias de que lo que estaba por hacer era definitivo y probablemente iría a arruinar mi vida. La convivencia rompe la pareja, te perdés a vos mismo, y bla bla bla. Como casi siempre creí en mí, me mandé. Y ahora mirando en retrospectiva, y a partir de un sueño que tuve, pienso y reflexiono que forma parte de lo más lindo que me tocó vivir.  Yo amasando pan, bailando y cantando a los gritos, llorando porque me da pánico morirme. Ensuciándome con la tierra, los gatos durmiendo, los gatos molestando, leyendo en voz alta hasta tarde. Pero lo que más más recuerdo fué el día que viniste con un sashet de leche descremada y barritas de chocolate para hacerme la chocolatada, y como lloré de felicidad y me miraste con ojos de enamorado. Me manché la cara de chocolate un poco por despiste y un poco apropósito para hacerte reír. Y te reíste.
Quizás fué suerte. O no y los vínculos hay que construirlos de otra manera. Quizás lo lindo esté donde pocas veces nos enseñaron. Habrá que re programarse.
Ahora ya vivo sola, pero esa ya es otra historia.
Muy bonita, también.



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